jueves, 21 de octubre de 2010

Libertad, soberanía, democracia y demás palabras que estructuran nuestra complicada vida política

Libertad como fundamento básico e insustituible de la modernidad, de la política, en definitiva, del sistema democrático liberal (o socialdemócrata, si queremos apuntar a una oscilación concreta de un mismo cuerpo o entramado ideológico). Libertad esta que queda únicamente limtiada, no ya por tiranías impuestas por la fuerza, sino por un derecho común que sólo sería válido en tanto que comunmente constituido(cosa que no ocurrió hasta que ciertos revolucionarios burgueses acabaron, también mediante la fuerza, con un sistema instaurado decrépito que limitaba la libertad ansiada). Por supuesto, el pueblo, como soberano, es copartícipe, ahora ya no a través de su atribución de la soberanía a un gobernador o príncipe que acumula todos los poderes, sino a través de un sistema democrático que regula las fuerzas políticas conforme al principio de división de poderes(la famosa división del legislativo, ejecutivo y judicial) y que permite la participación absoluta (ya no limitada a sectores propietarios o a grupos sociales diferenciados) del pueblo en la elección de partidos políticos o de legisladores y ejecutores de la ley.

Por desgracia, el derecho al que queda sometido el pueblo, y cuyo fin es la posibilidad de la liebertad y la libre acción individual o colectiva, establecido este por decisión del pueblo soberano, y esto en la práctica hoy significa, por mayoría electoral, no es otra cosa que la ya más que superada ejecución de violencia o dominación propias de sistemas anteriores. Lo que vengo a decir es que esta bendita democracia y este bendito orden liberal que permite que yo escriba estas palabras y suscriba o no la de nuestros gobernantes cae de fondo en el mismo problema que este mismo modelo pretendió superar, la imposición del hombre ante el hombre o el sometimiento del mismo tras el mismo. (Pero como veremos, lo importante no es la imposición, que se da, sino el cómo de la imposición, que es considerablemente preferible en el modelo actual).

Si bien la imposición que los sabios libros de historia nos han permitido descubrir en el pasado, y que buenos comunicadores han querido trasmitir desde países que tan sólo se alejan en la distancia y no en el tiempo, era (y es) directa, física, probablemente militar y sistemática (estremece pensar que tan sólo hay que viajar unas cuantas horas en avión para llegar a un lugar como Corea del Norte en el que cada ciudadano no es más que mero súbdito supeditado en todos los aspectos a un lider casi divinizado), si bien, decíamos, esto es así, en la democracia moderna actual la dominación se regula y ejerce de un modo indirecto y armonizado. Las fuerzas quedan supeditadas a un procedimiento común que es (o debe ser) inalterable y a unos principios de dificil variación como los que supone una Constitución, pero con ello, las mayorías son ahora las que ejercen una imposición política al resto de la sociedad civil, permitiendo una parte así transmutar las leyes que competen al conjunto.

Uno puede quedar decepcionado en su entorno estatal al comprobar como la mayoría es estúpida, o, dicho en términos más apacibles y menos subjetivos, la mayoría suele llegar a conclusiones y preferencias electorales muy distintas a las que minorías pueden considerar más apropiadas para el bien individual y social. Sin embargo, pese a que tal situación puede llegar incluso a considerarse injusta para el sujeto individual, es necesaria si pretende el individuo mantener aquello que el estado moderno le garantizó en su formación histórica, la libertad (dentro de los límites legales) y la seguridad (esto es, la ley en ejecución). Podríamos plantear una utópica comunidad anárquica en la que subcomunidades se autoabasteciesen económia y políticamente a su gusto mediante métodos asamblearios, pero con ello sólo estaríamos ofreciéndo toda la riqueza y la libertad al sujeto más fuerte que bajo la arbitrareidad de la vida real pudiese arrebatarnos lo nuestro(o "lo de todos", pero siendo por ello también nuestro), formando un estado de guerra ya anunciado por los teóricos ingleses del estado moderno. A nivel estatal esta posibilidad queda suprimida ya que un derecho permite que tal arrebato de bienes o libertades sea prohibido y un cuerpo de seguridad vigila su cumplimiento. Por desgracia, como estamos comprobando, la realidad es más tosca y dura que la teoría, y del mismo modo que esos cuerpos de seguridad puedena actuar negligentemente, las leyes pueden ser elaboradas, democráticamente, en contra de esta libertad o, aunque esto parezca más extraño, en contra de esta seguridad.

Ante esta situación ambigüa que supone la democracia muchos opinan que determinados principios básicos no pueden ser alterados por tal modelo político, y que el hijo no puede matar al padre, algo parecido a lo que Hitler hizo en su momento y que pagó caro toda la humanidad. Pero tal modelo político viene definido desde el comienzo por el concepto de soberanía que permite la constitución de un poder que someta al pueblo, no de forma arbitraria y egoísta por un individuo concreto, tal como de forma natural surgiría, sino con el consentimiento del mismo y bajo sus intereses. Por tanto, si es la soberanía residente en el conjunto del pueblo sometido y a la vez fundador del Estado,y este decide mediante sus propios métodos establecidos, suprimir sus principios estatales y establecer unos nuevos, autosuprimirse o autosuperarse, ¿a qué instancia recurrir para denunciarlo y resarcirlo?
Podemos obtener cierto sosiego al establecer claramente que la soberanía, cedida a Hitler o a otro tirano, siempre debiera permanecer ligada al pueblo, pudiendo este derrocar los regímenes que se ha impuesto a sí mismo, (siendo ello siempre más agradable si se realiza mediante un procedimiento democrático y no rifle en mano), pero como vamos observando, el concepto de soberanía y sus vinculaciones con la realidad son problemáticas, y quizá, la teoría no se amolda siempre a la práctica, siendo esta más bien un surgimiento a posteriori de la segunda.
Si en caso de quedar por resolución soberana del pueblo un poder contrario a nuestros principios pretendemos eliminarlo, tan sólo podremos apelar a la fuerza para ello, tal y como se ejecuta la fuerza, y no un derecho internacional (aunque también existan instancias reguladoras y armonizadoras, tendiéndose a los pactos y a las soluciones diplomáticas) en la resolución e conflictos internacionales. También debiéramos preguntarnos por eso de "pueblo", porque es muy sencillo afirmar que la soberanía pertenece al pueblo y este creó el Estado moderno cuando se le preguntó a muy pocos miembros del pueblo en que consistía esto del Estado moderno cuando se constituyó (como dijimos, la revolución americana o francesa no fue otra cosa que ejecución de violencia por parte de un sector que arrastró al resto de sectores de la sociedad).

Concluyamos entonces la respuesta ante la pregunta de la multiformidad del concepto de soberanía y sus consecuencias en la organización política. La soberanía no es más que la conceptualización y dulcificación de una realidad tangente, la fuerza que posee un individuo o un pueblo unido. Si esta soberanía, este auto-dominio y auto-gobierno se decanta por la formación de un estado moderno, y además democrático (del mismo modo que podría decantarse por otro modelo o variante como es el caso aquí sugerido, el imperio nazi, o un principado o una democracia censitaria, etc), se está decantando por la seguridad, la libertad (fáctica y política) y la ausencia de guerra, al quedar sometidos todos a una legislación que regule los asuntos comunes conforme a procedimientos que solucionen los problemas que también la guerras solucionaban pero mediante medios diferentes. Podremos salir escaldados, o ser perdedores ante tales problemas, pero no como lo haríamos si la contienda fuese militar y no procedimental. La soberanía otorgada a un pueblo no es más que un mito (y de mitos vive el ser humano) que permite legitimar el Estado moderno (Como el derecho natural como fundamento del derecho civil), mito que nace de la creencia de que el conjunto de individuos que forma tal Estado es consciente de su constitución y otorga su consentimiento. Obviamente la soberanía existe, traducida como conciencia de sí o autoconciencia práctica, pero de ella puede devenir el Estado moderno o la más atroz dictadura. Lo que queda pues es una situación histórica que ha devenido en un modelo de Estado que continúa en evolución y que bien puede virar bruscamente en otra direción, con la diferencia, en comparación con otros modelos y otros principios, de que este Estado moderno y su filosofía son mejores. Su fundamentación apela a cuestiones problemáticas (soberanía, derecho natural, libertad), pero siendo pragmáticos, la defensa del mismo en tanto que ha permitido el nivel de desarrollo y bienestar que poseemos parece la más adecuada o la menos arriesgada filosóficamente, aunque como todo, su preferencia pertenezca al ámbito subjetivo. Sin embargo, su absoluta legitimación, en tanto que Estado de Derecho y, a ser posible, democracia real y completa, viene dada por la libertad que tales carácteres otorga a todo miembro ciudadano, es decir, la soberanía real y completa otorgada a ese pueblo en la práctica que ya sólo tiene como barrera esa misma soberanía enfrentada a sí misma. El único inconveniente que plantea esta materialización de la libertad a la que aspiraron tantos antepasados nuestros en semejante modelo político es la inevitable lucha de fuerzas que impondrá determinadas normas y eliminará otras tantas, esto es, la dominación, ahora regulada, redistribuida y armonizada (como dijimos) de la fuerza humana. (Defensa pragmática y moral del modelo moderno, las únicas posibles aunque queden subsumidas a los intereses y valores propios de cada cual, a lo que yo ya no puedo otorgar una solución, y que es, además, el centro de todo el problema humano aquí planteado.)


Si en un Estado de libertad y seguridad escogido por "la soberanía", o lo que es lo mismo, si se ha impuesto un estado que, además de ofrecer satisfacción a intereses privados, ofrece libertad y seguridad a todo ciudadano soberano, permitiendo mediante su autolimitación, su expansión, y mediante su supresión de libertad, su más amplia libertad, si tal Estado, ampliando sus horizontes de libertad, consigue suprimir la libertad de miembros del mismo, no mediante la imposición de leyes contrarias a sus preferencias, sino mediante la supresión directa de sus libertad y seguridad virtuales, potenciales (esto es, mediante la supresión de la democracia, las libertades o la sumisión a un tirano), tal Estado pierde todo sentido y razón de ser, y por tanto, la soberanía, camina hacía atrás. Tal Estado nace de la necesidad humana de libertad y seguridad de libertad, y su destrucción sólo supone una vuelta al estado de guerra (que también está presente en la democracia pero extremadamente suavizado y controlado) que impedirá el éxito de toda tiranía, produciendo la unión del pueblo en sentido revolucionario contra aquel que es su enemigo común. (Esto último cabría ponerlo en duda, pues es la libertad, no la seguridad, un derecho del que el hombre puede desprenderse priorizando a la seguridad, manteniéndose eternamente imperios tiránicos en los que se desconoce la libertad subjetiva moderna, pero hablamos de occidente y de un mundo con autoconsicencia de sí y de su historia en el que semejante situación es improbable).



Ya sólo queda instar a mantener este modelo, potenciarlo , enriquecerlo abriendo posibilidades como la participación política total del pueblo soberano(¿La soberanía sólo se da cada cuatro años?) y defenderlo frente a amenzas interiores o exteriores que pretendan impedir la ausencia de guerra, la libertad o la posibilidad de acción política en vistas al bien común (y por consiguiente, individual). Esto ya, sólo siendo posible, en un contexto de extrema realidad y no a través de procedimientos burocráticos o judiciales, quiero decir, a través de la lucha, pues la libertad del Estado moderno, su dirección derechista o izquierdista, toda su estructura, es tan fáctica e inestable como un castillo de naipes. Sólo desde la soberanía del pueblo podemos defender la soberanía del pueblo, o lo que es lo mismo, sólo con nuestras manos podremos mantener este castillo de naipes que desde sus propias raíces puede quedar aniquilado. Las leyes, normas o principios que se proponen como eternas para evitar semejante posibildiad, son, de nuevo, en la práctica, inútiles (aunque no por ello no aconsejables), pues si una fuerza ha de imponerse, lo hará, sea a través de una canal u otro, siendo siempre la última instancia a apelar por cada bando enfrentado su soberanía.

De este modo, pese a que el sujeto individual sienta la desgracia de someterse ante una ley y una norma que le ha venido impuesta por la injusta mayoría, no se crea más platónico que Platón en lo referente a la política, considerándose más cercano a lo mejor por su racionalidad que aquellos que sólo se sirven de su apetencia o pasiones y siga el ejemplo socrático, quien decidió pese a su perjuicio someterse a la ley. Sin dudarlo, luche platónicamente por imponer sus valores y dude socráticamente de su legitimidad y si se siente demasiado humano y no le cabe aceptar el padecimiento de la ley soberana, huya a otra tierra donde esta, al menos, no sea tiránica y le permita, no como le ocurrió al desgraciado Sócrates, vivir y dialogar con sus vecinos, o luche porque tales libertades sean presentes en el moderno estado democrático en el que comemos, pensamos y soñamos. Sea platónicamente antiplatónico(en el aspecto referido) y luche por el auto-sometimiento a la norma, por la libertad de la ley, o luche antidemocráticamente por la democracia, esto es, belicosamente por la paz.