jueves, 24 de febrero de 2011

La hipocresía de occidente, la nuestra.

Europa, Estados Unidos de América, y todo el mundo occidental u occidentalizado, es decir, aquellas naciones que han adoptado regímenes democráticos, han defendido la universalidad y absoluta necesidad de los derechos dumanos. No entraremos a discutir la realidad ontológica de tales derechos, el origen sacro o positivo de sus planteamientos, pues muchas son las formas y las vías por las que tales normas de comportamiento que se han predicado como obligatorias a nivel universal pueden justificarse y defenderse. Esta defensa teórica, sencilla al nacer únicamente de una inocente intención de bienestar mundial o al utilizarse como proclama por las fuerzas políticas, queda en nada cuando observamos la gran incoherencia habida entre nuestro comportamiento y el comportamiento de nuestros líderes políticos y las, como dijimos, buenas intenciones con respecto al resto del mundo.

Uno cuando escucha hablar de los derechos humanos directamente asocia la maravillosa declaración de la ONU con imágenes terribles que los medios proporcionan de países y territorios muy lejanos, aunque no siempre tanto, de nuestro entorno, mínimamente pacífico y seguro. Las premisas morales que nuestros padres y maestros nos enseñaron y la natural empatía habida entre seres humanos empuja a tomar medidas que puedan proporcionar, aunque someramente, ayuda a esas entidades abstractas que son los pobres y hambrientos del mundo. Para ello donamos dinero a ONG´s o intentamos comprar alimentos de comercio justo. Estas medidas, propias de un cultura burguesa, sólo adoptables por aquellos que poseen un nivel de subsistencia medio, yo las denominaría, medidas cosmopolitas, entendiendo con el término no sólo la visión universalista y moralista del actuante, sino también la necesidad de una cultura urbana y moderna para poder ser llevadas a cabo. Así pues, tenemos dos elementos clave para entender estos comportamientos tan habituales, por una parte el bombardeo mediático y generalizado de la miseria ajena produce, sin que exista un verdadero acercamiento al dolor vislumbrado, una voluntad de solidaridad y colaboración, por otro lado, esta voluntad sólo puede consumarse si se poseen los medios económicos, los únicos con los que aparentemente la sociedad de hoy puede colaborar.

Es curiosa este acercamiento humano que los videos, las imágenes, internet y la televisión, pueden crear entre gentes tan dispares y desconocidas como son los ciudadanos europeos y los niños keniatas o las mujeres afganas. Sería verdaderamente extraño encontrar a todos aquellos que sentimos compasión por desconocidos de todo el globo ayudando a esas personas realmente, quiero decir, con contacto físico de por medio, viviendo en las mismas condiciones que ellos. El grado de empatía y compasión es alto, pero no tanto como para acabar con el nivel de vida que nuestra sociedad proporciona (existen numerosas y bienvenidas excepciones). Por ello se toman alternativas cosmopolitas, tal como he decidido bautizarlas, se dona dinero, se apadrina un niño, se coge más la bicicleta para evitar participar del negocio petrolífero, medidas que quizá sean excesivamente leves, pero que también producen sus efectos, alternativas que quizá no tengan el mismo valor moral que aquellas que implican un esfuerzo intenso y una autolimitación por el bien ajeno, pero que sin embargo pueden incluso obtener mayor eficacia. Quizá Lipovetsky en El crepúsculo del deber tenga razón en su análisis de la solidaridad moderna o posmoderna, en la que conciertos de música, actos sociales, comidas o demás actividades de ocio y placer se convierten en actos benéficos. No se dona dinero a cambio de nada, el dinero otorgado para ofrecer ayuda es a cambio de algún servicio o alguna recompensa material, música, alta cocina, bolígrafos y lápices de memoria, etc. El voluntariado crece, pero no motivado por una ética del deber, de la obligatoriedad de la ayuda al prójimo, sino como un modo de autoconocimiento, de crecimiento personal, de elevación de autoestima. Pueden estos rasgos, muy matizables, ser perfectamente ciertos, ello sólo revela la materia de que se compone el ser humano, sus modus operandi general, en definitiva, lo que somos, pero una vez superado el shock de comprender que el hombre es un ser despreciable en muchísimos aspectos, podemos considerar todo acto solidario, por egoísta que sea, como un acto digno y repleto de valor que debe defenderse. El egoísmo también puede ser el principio del cambio social del planeta.

Volvamos a lo dicho al comienzo de este texto, ahora que ha surgido precisamente el concepto de egoísmo como elemento sustancial de estas reflexiones. El egoísmo es el motivo por el que la voluntad de paz y justicia mundial ha quedado en mera voluntad o mera proclama política. La posición de las grandes naciones democráticas y capitalistas (pero no sólo las capitalistas) respecto a sus vecinos subdesarrollados ha sido la de ofrecer ayuda monetaria en leves dosis y defender sus derechos, derechos proclamados y redactados por esas mismas naciones democráticas, a la vez que ponía en marcha, directamente, o a través de la permisibilidad con la que cuentan las grandes empresas que han nacido en su seno, todo tipo de actuaciones que impedían el desarrollo de tales naciones y el cumplimiento de sus derechos. Llamativos son los ejemplos que Estados Unidos ofrece debido a las numerosas intervenciones, directas, a través del ejército o las grandes compañías empresariales, o indirectas, a través de la CIA(Chile, Nicaragua, Irán, Congo...), en países extranjeros para obtener un beneficio nacional. Del mismo modo, los europeos siempre han encontrado peligrosa toda fuerza política que haya luchado por la nacionalización de recursos o la limitación a la actividad empresarial occidental.

Por ello, porque nuestro nivel de vida, el mismo que nos permite visualizar imágenes de niños mineros en el Congo a través de los aparatos alimentados con el mineral que esos mismos niños extraen, el mismo nivel de vida que nos permite donar dinero a grandes ONG´s aunque no tengamos muy claro cual será el destino concreto del mismo, para ser mantenido, necesita ingente cantidad de recursos mundiales para los cuales las naciones occidentales ya no se bastan a sí mismas como productoras. Por esa razón occidente ha proclamado interesadamente los derechos humanos ante China o Irán pero ha mantenido su silencio ante la ausencia de libertad en Oriente Próximo. Ahora que los países árabes más cercanos están siguiendo el camino emancipador que ya siguió occidente, Europa y la ONU no tienen más remedio que fingir alegría. Berlusconi, gran compañero empresarial de Gadafi, se ve ahora obligado a denunciar su comportamiento y Obama, aliado de Mubarak, deja caer su gobierno defendiendo las soflamas populares. El miedo al islamismo radical (que, todo sea dicho, es probablemente y paradógicamente el principal motivo del auge fundamentalista) y la necesidad de recursos mantuvo las relaciones entre las democracias del oeste y la dictaduras del este en un estado idílico, ahora el oeste se felicita por el éxito de los principios éticos en que se sustenta a la vez que tiembla por el futuro de su seguridad energética.

El primer ministro británico visita ya el Egipto recientemente emancipado, pero sólo es una escala en su viaje de negocios armamentísticos en los Emiratos Árabes, donde las revueltas pueden ser acalladas gracias al poder del dinero del petróleo. Los ministros de Interior europeos se reúnen para debatir sobre Libia, amenazan con sanciones a un gobierno que bombardea a su pueblo pero se preocupan por como tratar con la prevista masiva oleada de huidos del país a los que probablemente se les ofrezca el mismo trato denigrante que a todo inmigrante ilegal, tal como si su acto de emigrar sea tan libre y autónomo como decidir ir de viaje a una ciudad u otra para pasar las vacaciones de verano. En definitiva, mucho podrán decir nuestros líderes, aunque no es mucho lo que están diciendo, a favor de la democratización del mundo árabe, pero los que podemos observar es la misma estrategia de siempre, vigilar y cuidar nuestros intereses. Y tengan claro que hablamos de “nuestros” intereses, porque no se trata sólo de intereses de grandes empresas, sino de nuestros vehículos, nuestros aparatos electrónicos, nuestras bombillas y nuestra calefacción. Los gobernantes actúan como padres que no explican el porqué de sus acciones a sus hijos, pero que actúan por el bien de los mismos, en este asunto no podemos sólo culpar al modelo capitalista y a la presión de lobbys empresariales, estamos todos en el ajo. Todos vemos las revueltas en Egipto o Báhrein y nos alegramos por la apertura hacía la libertad, sin embargo en la gasolinera maldecimos la subida de precios. Nunca debiéramos restar responsabilidad al pueblo si vivimos en democracia, aunque la democracia sea, para bien o para mal, tan deficiente como es.

Lo que el pueblo y sus gobernantes debe tomar en cuenta es que, pese a que no sea conveniente intervenir en países extranjeros, alterando su idiosincrasia y pudiendo agravar la situación, en pro de principios morales, tampoco debe hacerse por motivos interesados tal como hasta ahora se ha realizado por todo el globo, perjudicando a personas de toda clase y condición y desvirtuando los principios en los que las sociedades modernas dicen sustentarse. Por ello conviene que Europa y EEUU busquen la democratización de Oriente Próximo y el mundo entero para después negociar por la obtención de los distintos recursos. En caso contrario simplemente crecerá el odio hacía occidente y el fundamentalismo que este tanto teme. Es también el egoísmo el que puede alimentar una pacifiación y democratización mundial, por utópica que tal estampa semeje ser. El desarrollo y el ambiente de libertad que reina (con todas sus oscuridades) en las naciones europeas es lo que permite que pueda darse una relación amistosa y una voluntad de unificación europea. Las relaciones entre países europeos distan mucho hoy de quedar abolidas pese a las consecuencias de la crisis económica, sin embargo, las relaciones con los países que ostentan gobiernos despóticos son y serán siempre muy inestables. Esta es la ceguera de occidente, violando sus propios dogmas ideológicos se vincula a grandes dictaduras que favorecen sus intereses, sin atender a los problemas en los que son partícipes y los enemigos que están cultivando en la sombra, Irán es el mejor ejemplo que pueda traer a colación.

¿Cómo dejar de apoyar gobierno despóticos si dependemos de su petróleo o de sus minas? Quizá la única vía sea variar el modo de cooperación cosmopolita que tan bien nos hace sentir por medidas más drásticas, cambiar el sistema económico, abandonar la dependencia energética mediante la austeridad, la eficiencia, alterar el modelo productivo, buscar la sostenibilidad y evitar negociar con sátrapas para poder alimentar nuestros lujos dejando sin alimento a los habitantes de las tierras que nuestras empresas expolian. Parece difícil, sin duda, pero ahora en Egipto parece que podremos realmente negociar con el pueblo el precio de nuestros intercambios, quizá la solución esté en dar voz a las gentes silenciadas y no colaborar en su represión. También el egoísmo, la búsqueda de seguridad y bienestar personal, puede colaborar en la construcción de un orden de justicia internacional.