Comenzamos vislumbrando al inicio de esta atractiva película unas largas colas pobladas de gentes cuya apariencia ya denota su nivel de vida, humildes personas dedicadas al trabajo duro en empleos temporales o en el trabajo en el campo para satisfacer sus necesidades de un modo mínimamente decente. Quieren participar como extras en una película que se va a rodar en las inmediaciones de la ciudad de Cochabamba, Bolivia, y ganar así dos míseros dolares al día. Los protagonistas de esta película son ellos, aunque los contemplemos muchas veces desde fuera, callados, mudos, lejanos, pues indudablemente la mirada es extranjera, europea podríamos llegar a decir, algo contaminada, pese a sus buenas intenciones y bonitos deseos, del etnocentrismo primitivo que impregna la civilización desde su nacimiento. Nosotros miramos a estas pobres gentes en su lucha, lucha extraordinaria, al enfrentarse a su gobierno y a los intereses de una gran empresa transnacional, y a su lucha ordinaria y cotidiana que es la de, como expresa Daniel, personaje clave de la película, sobrevivir.
Para ello, para dirigir la mirada a ese enorme conflicto social producido en la ciudad de Cohcabamba en el año 2000, el caso de la ley 2029 que implicaba la privatización de la distribución del agua en beneficio de la multinacional Bechtel, incluyendo la absurda e irritante prohibición de la recogida de agua de lluvia, Icíar Bollaín utiliza a personajes con los que encontramos fácil identificación. Sebastián, un entusiasta director mexicano, y Costa, un espléndido Luís Tosar interpretando a un productor dispuesto a realizar piruetas por llevar el rodaje de la película que ambos manejan adelante. Bolivia es un lugar excelente para rodar, el precio a pagar a los extras y trabajadores es mínimo, y tratándose de una película histórica que relata la actividad de Colón en su llegada a América, la abundancia de indígenas, pese a que sean de una etnia totalmente distinta a la que topó Colón y en una zona geográfica muy distante, resulta muy atractiva para los bolsillos poco llenos de Costa. Destacan también la presencia de los actores (actores que interpretan a actores con excelente naturalidad) que interpretan a Bartolomé de las Casas y Antonio Montesinos, primeros misioneros que denunciaron la explotación india, así como el protagonista, Cristobal Colón, o Antón, apasionado de la actuación con problemas familiares que no se desprende ni un momento de la botella y que destaca por su cinismo con respecto a sus compañeros.
Bollaín, y Paul Laverty, guionista del film, nos introducen en los entresijos de una producción cinematográfica realizada in extremis, en unas condiciones muy precarias pero de un interés enorme, planteandóse en ella una denuncia histórica al abuso imperialista español sobre los indígenas americanos motivado por un afán ambicioso y fundamentado sobre la Iglesia católica. Para que esta película, de la que vamos entreviendo escenas y momentos perfectamente rodadas, de una calidad artística que hace nacer el deseo de poder ver realmente la película finalizada con independencia de la película que se esta viendo, se lleve a cabo, sus creadores deben caer en técnicas muy semejantes a las que pretenden criticar, pagando lo mínimo a sus trabajadores mientras ellos se atiborran de buen vino y comida y obviando cuestiones vitales en la vida de sus compañeros indígenas en vistas a la consecución de sus objetivos. La película sabe mostrar esa actitud etnocéntrica que incluso el más ingenuamente idealista Sebastián, el director de la película, ostenta frente a la construcción de su obra. Daniel, el extra contratado para interpretar al primer indio quemado en una cruz como castigo por no seguir las órdenes españolas, está entrometido en las manifestaciones contra la nueva ley que privatiza el uso del agua y que impide que las gentes de su localidad tengan su propio pozo para propio abastecimiento. El productor de la película, incapaz, en un principio, de atender a la importancia de las causas que mueven a su rebeldía a Daniel intenta una y otra vez que este continúe sano y salvo y sin crear complicaciones, estrechando lazos, entre unas escenas y otras, con él, y con su hija, quien también cumple cierto papel en el film.
También la lluvia no explica muy bien que es lo que ocurre, al menos a nivel político, o por decirlo de otro modo, a nivel teórico. Emocionalmente quedamos bien servidos, y es muy claro que la idea a transmitir es que debido a una situación injusta el pueblo se une y se rebela. La guerra del agua, aunque importante debido al factor denuncia concreto que tiene la película, es realmente bastante irrelevante y podría haberse sustituido por otra situación conflictiva cualquiera. Lo verdaderamente esencial para sostener la magnificencia de esta película que se presenta, a mi entender, como clara candidata a mejor película española del año, es el paralelismo formulado entre el mensaje de la película que se está rodando y la situación vigente en el contexto de su rodaje. Como hemos dicho, pese al paso del tiempo, a la interiorización de los ideales de igualdad y justicia, y a las buenas intenciones, nuestros protagonistas siguen encontrando dificultad en empatizar con sus trabajadores bolivianos, meros medios para un mayor fin, encontrándose en una análoga situación a la de sus antecesores conquistadores, si bien, en determinado momento, Costa y Sebastián, productor y director, sufrirán el conflicto moral y emocional de tener que elegir entre su película o la solidaridad, entre cumplir un proyecto largo tiempo ambicionado u ofrecer la ayuda necesaria a alguien que ya es un amigo. Se muestra con valentía y gran maestría como la conquista de América no ha finalizado, como la conquista es aún presente, compartida hasta por los más indiferentes y los más concienciados, si antes eran coronas y señores, hoy serán mercados y multinacionales, si antes el oro y los alimentos exóticos, hoy los recursos más vitales, la rapiña y el saqueo no han acabado sobre una cultura y un pueblo que ya bastantes problemas internos posee.
Sin duda lo más interesante de También la lluvia, obviando ese interesante y moralizante paralelismo que se realiza entre la conquista española y los conflictos modernos en el país Boliviano (fácilmente generalizable a otros ámbitos sudamericanos) es el planteamiento de muchas de las escenas en las que Bollaín nos muestra como es esa película que se está gestando, y cuál es su proceso de gestación. Podríamos hablar, pues, de dos temas distintos entrelazados entre sí en esta película, uno el tema social e histórico, con su buena dosis de denuncia, y otro que muestra la bella construcción del cine. Como dijimos, podemos a través de esta película entrever algunas escenas rodadas de una segunda película envuelta en el interior de esta, llenas estas de un esplendor propio, pero además, muchas de sus escenas se nos ofrecen en los ensayos de sus actores. Podemos entonces observar como Colón y sus hombres hollan por primera vez las tierras vírgenes de América, mientras plantan no una cruz en nombre de la religión de su patria y la grandeza de su monarquía, sino una sombrilla en pleno almuerzo. Así, a través de espectaculares escenas ambientadas en la época, o gracias a este interesante doble uso de la narración, manteniendo una historia dentro de otra con originalidad, nosotros disfrutamos de dos películas, una que debe quedar suspendida pese a su enorme interés, y otra que nos atrapa por su relación con la realidad más dura y doliente que se presenta en muchos lugares de ese no ya tan nuevo mundo.
También la lluvia es una incisiva crítica con muchas dianas a las que disparar, no sólo transmite la brutalidad que supuso la privatización del agua en Bolivia, sino también, conducidos por los íntimos momentos de rodaje de una película, con toda la magia que estas suscitan, se denuncia una preponderante conciencia aletargada y distante que, como demuestran los hechos del film, puede cambiar y despertar ante el ensordecedor ruido de la injusticia.
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